27/12/13

COMPARTIR NUESTRAS PALABRAS: el origen del blog

Os invito a escribir vuestras reflexiones y experiencias sobre el aborto, ese momento de nuestras vidas que muchos hemos vivido y otros vivirán.
Mejor si abortamos sintiéndonos apoyadas y no estigmatizadas, y mejor si lo hacemos sin reproches morales... pero es gravísimo que tuviéramos que llegar a hacerlo como clandestinas, eso, eso no. 
Ese no es nuestro mundo, y si alguien nos quiere quitar lo que es nuestro nos defendemos, aunque sea desde la escritura, con la fuerza de la escritura, usando la palabra, nuestra palabra.
Gracias por colaborar dejando aquí vuestros testimonios.
Mientras podamos hablemos del aborto.

Manda tu texto o pide una invitación como autor de este blog a carlota.nicolas80@gmail.com.

26/12/13

No quiero que mis hijas se vayan a las misiones



Recuerdo lejanamente, muy lejanamente, cómo a los doce años mi madre vino a hablar con nosotras, preocupada por las noticias de la tele y de los periódicos. Una ola de noticias morbosas de esas que invaden cíclicamente los medios de comunicación y que se ceban de vez en cuando en violaciones y secuestros. Ese tipo de ataques de pánico que alguna vez me han obsequiado con pequeñas o grandes regañinas de señoras mayores por no llevar bien atadas a mis hijas al pasear por la calle.
Recuerdo a mi madre preocupada por la histeria colectiva, pero también por lo difícil que le resultaba explicarnos la posibilidad del mal, la cercanía del mal en estado puro. La creo recordar intentando no asustarnos demasiado, intentando asustarnos lo suficiente, navegando en las aguas tormentosas del miedo procurando mantener el rumbo justo. Seguro que sin conseguirlo. Seguro: más vale un poco más de miedo que un poco menos, como con la sal y el aceite en la cocina. Asustándonos un poco. Tiempo de violadores y pederastas, como muchas otras veces a lo largo de mi vida.
Recuerdo a las compañeras del cole haciendo tertulias clandestinas sobre el miedo, enseñándonos navajas pequeñitas que nos iban a salvar de todo mal y que llevábamos en los bolsillos de los abrigos. Recuerdo el miedo al volver del colegio con las amigas cuando a alguna le pareciera que nos seguían, y el miedo un poco más verdadero de separarnos unas de otras para recorrer el último trayecto a solas, las tardes sombrías del invierno. Lo recuerdo todo aquello con la misma grisura que el precio del autobús: nueve cincuenta.
Recuerdo, si me dejo llevar por ese hilo del miedo de la pubertad, cómo los chicos tenían algo de malo, de intrínsecamente malo, aunque no lo practicaran, aunque ellos no quisieran. Eran básicamente malos porque tenían algo que podía hacer un daño terrible, incluso con su mejor voluntad. Es más, hacían daño precisamente a través de su mejor voluntad, de su amor a nosotras. Esos chicos que, ya se sabe, no pueden contenerse, ni deben en realidad, porque entonces no son chicos. La que tiene que contenerlos son las chicas. Que ya se sabe que se acuestan con las putas pero se casan con las monjas, en ese juego de putas y monjas que parece no tener fin. Ese insípido premio a la castidad que era el matrimonio nos iba a librar de todo mal.
Puedo recordar, aunque no tengo muchas ganas de hacerlo, como después del miedo a los chicos, cuando se volvían de carne y hueso y dejaban de ser enemigos para convertirse en cómplices, todo terminaba encarnándose en el miedo al embarazo, en el miedo a descontrolar en una fiesta, en el miedo a no saber o no querer decir que no. Era algo tan ajeno, tan de fuera, que tenía tan poco que ver con la vida como los cigarrillos que comprábamos sueltos en los puestos de golosinas para transgredir sin ganas, incluso con un poco de asco y con el miedo a que nos pillaran comprándolos. Es esa parte de la vida en la que uno se ve obligado a hacer cosas que no quiere hacer pero que hace sintiéndose idiota y sintiéndose gris. Más terrible aún, mucho más, que aquellos primeros y asquerosos cigarrillos era aquel miedo a querer a alguien, a que te quisieran.
Miedo al beso furtivo, miedo a sus manos, miedo a tener que tomar decisiones graves a solas, con las amigas, con las hermanas cuando ninguna de nosotras teníamos capacidad para tomarlas. Aquellas tarjetas escondidas de centros de planificación familiar donde podrían ayudarte. Incluso el ahorrillo para casos de urgencia o el nombre de la amiga o de la tía que podría prestarte el dinero en caso de necesidad. Miedo a decidir que no querías abortar y tener que pasar por el anuncio a los padres, por el rechazo de las señoronas de café, por la exclusión.
            Si me apuras, soñar con las misiones era liberador. Mucho mejor meterse a monja y olvidarse de todo aquello. Pero en las misiones, que por lo menos viajabas.

El diccionario de Luis nos dice esto

Ver este enlace:
http://alpanpanyalpunto.com/alpanpanyalpunto-com/luis-de-lux-n.html

25/12/13

LA SALA DE ESPERA

La sala de espera suele ser un sitio frío, pero en una clínica de abortos pulsan y comulgan las esperas.
La clínica era un lugar que sin ser acogedor no era hostil, iban llegando las mujeres que tenían que abortar con sus acompañantes, mientras esperaba inquieta que me avisaran que todo había salido bien  que vi llegar a una mujer sola, tendría unos 35 años, era guapa y mostraba una autonomía y entereza que le permitía esperar su turno sin compañía y sin cobijo, se levanto y se fue cuando la llamaran algo titubeante sin duda hubiera preferido estar en otro sitio. La llegada de un hombre que rondaba los 45 con una mujer que no alcanzaba los cuarenta, ambos elegantes, me hizo pensar que esta mujer era más afortunada, pero no era cierto, en los pocos minutos que estuvieron allí no se dirigieron la palabra y él mostraba su enorme desagrado por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, por como usaba su móvil se palpaba que hubiera preferido una bronca de su jefe que esa mañana libre por motivos familiares, la mujer que también dejo pronto la sala tenía una indiferencia forzada y una edad en la que un hijo, quizás otro o quizás el de la persona equivocada, le hubiera llevado a una desgarradora diferencia. Alegraron el aire con sus charlas cuatro mujeres filipinas, eran de diferentes edades, y fue la más jovencita, casi una niña, la que fue llamada al quirófano, una hermana algo mayor charlaba y jugueteaba con ella para pasar el rato, las dos mujeres mayores hablaban y se sentía que estaban allí donde esa mañana les había llevado el destino, sin dramatismos, su calor familiar era envidiable, sin duda sabían lo que hacían.
Me llamaron pronto para que recogiera a la mujer que había ido a acompañar y nos fuimos serenas por aquel día soleado del Madrid otoñal.