Recuerdo lejanamente, muy
lejanamente, cómo a los doce años mi madre vino a hablar con nosotras,
preocupada por las noticias de la tele y de los periódicos. Una ola de noticias
morbosas de esas que invaden cíclicamente los medios de comunicación y que se ceban
de vez en cuando en violaciones y secuestros. Ese tipo de ataques de pánico que
alguna vez me han obsequiado con pequeñas o grandes regañinas de señoras
mayores por no llevar bien atadas a mis hijas al pasear por la calle.
Recuerdo a mi madre preocupada
por la histeria colectiva, pero también por lo difícil que le resultaba
explicarnos la posibilidad del mal, la cercanía del mal en estado puro. La creo
recordar intentando no asustarnos demasiado, intentando asustarnos lo
suficiente, navegando en las aguas tormentosas del miedo procurando mantener el
rumbo justo. Seguro que sin conseguirlo. Seguro: más vale un poco más de miedo
que un poco menos, como con la sal y el aceite en la cocina. Asustándonos un
poco. Tiempo de violadores y pederastas, como muchas otras veces a lo largo de
mi vida.
Recuerdo a las compañeras del
cole haciendo tertulias clandestinas sobre el miedo, enseñándonos navajas
pequeñitas que nos iban a salvar de todo mal y que llevábamos en los bolsillos
de los abrigos. Recuerdo el miedo al volver del colegio con las amigas cuando a
alguna le pareciera que nos seguían, y el miedo un poco más verdadero de
separarnos unas de otras para recorrer el último trayecto a solas, las tardes
sombrías del invierno. Lo recuerdo todo aquello con la misma grisura que el
precio del autobús: nueve cincuenta.
Recuerdo, si me dejo llevar por
ese hilo del miedo de la pubertad, cómo los chicos tenían algo de malo, de
intrínsecamente malo, aunque no lo practicaran, aunque ellos no quisieran. Eran
básicamente malos porque tenían algo que podía hacer un daño terrible, incluso
con su mejor voluntad. Es más, hacían daño precisamente a través de su mejor
voluntad, de su amor a nosotras. Esos chicos que, ya se sabe, no pueden
contenerse, ni deben en realidad, porque entonces no son chicos. La que tiene
que contenerlos son las chicas. Que ya se sabe que se acuestan con las putas
pero se casan con las monjas, en ese juego de putas y monjas que parece no
tener fin. Ese insípido premio a la castidad que era el matrimonio nos iba a
librar de todo mal.
Puedo recordar, aunque no tengo
muchas ganas de hacerlo, como después del miedo a los chicos, cuando se volvían
de carne y hueso y dejaban de ser enemigos para convertirse en cómplices, todo
terminaba encarnándose en el miedo al embarazo, en el miedo a descontrolar en
una fiesta, en el miedo a no saber o no querer decir que no. Era algo tan
ajeno, tan de fuera, que tenía tan poco que ver con la vida como los
cigarrillos que comprábamos sueltos en los puestos de golosinas para transgredir
sin ganas, incluso con un poco de asco y con el miedo a que nos pillaran
comprándolos. Es esa parte de la vida en la que uno se ve obligado a hacer
cosas que no quiere hacer pero que hace sintiéndose idiota y sintiéndose gris.
Más terrible aún, mucho más, que aquellos primeros y asquerosos cigarrillos era
aquel miedo a querer a alguien, a que te quisieran.
Miedo al beso furtivo, miedo a sus manos, miedo a tener que
tomar decisiones graves a solas, con las amigas, con las hermanas cuando
ninguna de nosotras teníamos capacidad para tomarlas. Aquellas tarjetas
escondidas de centros de planificación familiar donde podrían ayudarte. Incluso
el ahorrillo para casos de urgencia o el nombre de la amiga o de la tía que
podría prestarte el dinero en caso de necesidad. Miedo a decidir que no querías
abortar y tener que pasar por el anuncio a los padres, por el rechazo de las
señoronas de café, por la exclusión.
Si me
apuras, soñar con las misiones era liberador. Mucho mejor meterse a monja y
olvidarse de todo aquello. Pero en las misiones, que por lo menos viajabas.
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