26/12/13

No quiero que mis hijas se vayan a las misiones



Recuerdo lejanamente, muy lejanamente, cómo a los doce años mi madre vino a hablar con nosotras, preocupada por las noticias de la tele y de los periódicos. Una ola de noticias morbosas de esas que invaden cíclicamente los medios de comunicación y que se ceban de vez en cuando en violaciones y secuestros. Ese tipo de ataques de pánico que alguna vez me han obsequiado con pequeñas o grandes regañinas de señoras mayores por no llevar bien atadas a mis hijas al pasear por la calle.
Recuerdo a mi madre preocupada por la histeria colectiva, pero también por lo difícil que le resultaba explicarnos la posibilidad del mal, la cercanía del mal en estado puro. La creo recordar intentando no asustarnos demasiado, intentando asustarnos lo suficiente, navegando en las aguas tormentosas del miedo procurando mantener el rumbo justo. Seguro que sin conseguirlo. Seguro: más vale un poco más de miedo que un poco menos, como con la sal y el aceite en la cocina. Asustándonos un poco. Tiempo de violadores y pederastas, como muchas otras veces a lo largo de mi vida.
Recuerdo a las compañeras del cole haciendo tertulias clandestinas sobre el miedo, enseñándonos navajas pequeñitas que nos iban a salvar de todo mal y que llevábamos en los bolsillos de los abrigos. Recuerdo el miedo al volver del colegio con las amigas cuando a alguna le pareciera que nos seguían, y el miedo un poco más verdadero de separarnos unas de otras para recorrer el último trayecto a solas, las tardes sombrías del invierno. Lo recuerdo todo aquello con la misma grisura que el precio del autobús: nueve cincuenta.
Recuerdo, si me dejo llevar por ese hilo del miedo de la pubertad, cómo los chicos tenían algo de malo, de intrínsecamente malo, aunque no lo practicaran, aunque ellos no quisieran. Eran básicamente malos porque tenían algo que podía hacer un daño terrible, incluso con su mejor voluntad. Es más, hacían daño precisamente a través de su mejor voluntad, de su amor a nosotras. Esos chicos que, ya se sabe, no pueden contenerse, ni deben en realidad, porque entonces no son chicos. La que tiene que contenerlos son las chicas. Que ya se sabe que se acuestan con las putas pero se casan con las monjas, en ese juego de putas y monjas que parece no tener fin. Ese insípido premio a la castidad que era el matrimonio nos iba a librar de todo mal.
Puedo recordar, aunque no tengo muchas ganas de hacerlo, como después del miedo a los chicos, cuando se volvían de carne y hueso y dejaban de ser enemigos para convertirse en cómplices, todo terminaba encarnándose en el miedo al embarazo, en el miedo a descontrolar en una fiesta, en el miedo a no saber o no querer decir que no. Era algo tan ajeno, tan de fuera, que tenía tan poco que ver con la vida como los cigarrillos que comprábamos sueltos en los puestos de golosinas para transgredir sin ganas, incluso con un poco de asco y con el miedo a que nos pillaran comprándolos. Es esa parte de la vida en la que uno se ve obligado a hacer cosas que no quiere hacer pero que hace sintiéndose idiota y sintiéndose gris. Más terrible aún, mucho más, que aquellos primeros y asquerosos cigarrillos era aquel miedo a querer a alguien, a que te quisieran.
Miedo al beso furtivo, miedo a sus manos, miedo a tener que tomar decisiones graves a solas, con las amigas, con las hermanas cuando ninguna de nosotras teníamos capacidad para tomarlas. Aquellas tarjetas escondidas de centros de planificación familiar donde podrían ayudarte. Incluso el ahorrillo para casos de urgencia o el nombre de la amiga o de la tía que podría prestarte el dinero en caso de necesidad. Miedo a decidir que no querías abortar y tener que pasar por el anuncio a los padres, por el rechazo de las señoronas de café, por la exclusión.
            Si me apuras, soñar con las misiones era liberador. Mucho mejor meterse a monja y olvidarse de todo aquello. Pero en las misiones, que por lo menos viajabas.

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