La sala de espera suele ser un sitio frío, pero en una clínica de abortos pulsan y comulgan las esperas.
La clínica era un lugar que sin ser acogedor no era hostil, iban llegando las mujeres que tenían que abortar con sus acompañantes, mientras esperaba inquieta que me avisaran que todo había salido bien que vi llegar a una mujer sola, tendría unos 35 años, era guapa y mostraba una autonomía y entereza que le permitía esperar su turno sin compañía y sin cobijo, se levanto y se fue cuando la llamaran algo titubeante sin duda hubiera preferido estar en otro sitio. La llegada de un hombre que rondaba los 45 con una mujer que no alcanzaba los cuarenta, ambos elegantes, me hizo pensar que esta mujer era más afortunada, pero no era cierto, en los pocos minutos que estuvieron allí no se dirigieron la palabra y él mostraba su enorme desagrado por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, por como usaba su móvil se palpaba que hubiera preferido una bronca de su jefe que esa mañana libre por motivos familiares, la mujer que también dejo pronto la sala tenía una indiferencia forzada y una edad en la que un hijo, quizás otro o quizás el de la persona equivocada, le hubiera llevado a una desgarradora diferencia. Alegraron el aire con sus charlas cuatro mujeres filipinas, eran de diferentes edades, y fue la más jovencita, casi una niña, la que fue llamada al quirófano, una hermana algo mayor charlaba y jugueteaba con ella para pasar el rato, las dos mujeres mayores hablaban y se sentía que estaban allí donde esa mañana les había llevado el destino, sin dramatismos, su calor familiar era envidiable, sin duda sabían lo que hacían.
Me llamaron pronto para que recogiera a la mujer que había ido a acompañar y nos fuimos serenas por aquel día soleado del Madrid otoñal.
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